Más allá de la ventana

Por Joseaugusto Mejía 

Músico guatemalteco residente en California.

«La ciudad se derrumba y yo cantando»

Más allá de la ventana, el cielo pareciera avanzar la silueta de aquellas montañas que indiferentes desafían cualquier esperanza. Encima, las nubes sugieren formas de la nostalgia mientras pienso que este día he cumplido dos meses de confinamiento en California. 

Quince días antes del inicio del confinamiento desayunaba en Ciudad de México y leía en los periódicos que el virus, después de haber repasado a China, se ensañaba cruelmente con Italia y España. Día a día lo vi avanzar como un fantasma multitudinario y extenderse hasta cubrir Europa, cruzar el Atlántico e inundarnos. Recuerdo que a inicios de año le escribí a un amigo chino mostrándole mi solidaridad y mis condolencias. Le mandé un abrazo hasta ese apartamento que desde las últimas semanas compartía con sus padres. Pronto, le aseguré, regresará el tiempo en que encontrarse con los otros sea de nuevo una oportunidad y no una amenaza. Tenía la confianza tonta que nos queda como último recurso ante lo incierto. Y es que parecía imposible que un virus pudiera transformar radicalmente la rutina del mundo. Y, sin embargo, sucedió. En Estados Unidos, desde el inicio, el presidente lo despachó como una gripe estacional que desaparecería milagrosamente en verano. Después de semanas erráticas de carambolas y contradicciones, en las que aseguraba una cosa y su contraria, y con el agua al cuello por evidencias demasiado obvias para el disimulo, empezó a aplicar políticas drásticas: el país cerró sus fronteras, los vuelos se cancelaron, se declaró la emergencia nacional, empezaron las restricciones a la movilidad, luego la distancia, finalmente el encierro. Y el tiempo empezó a oscurecerse. 

Soy un privilegiado que ha podido quedarse en casa. Mi trabajo florece entre las capas sutiles que cubren la soledad y el recogimiento. Es maleable como la oportunidad, impredecible como el hallazgo. Así que me he resguardado, continuando la vida entre partituras, libros, lápices y noches exaltadas. He visto más cine de lo habitual, he escuchado más óperas que nunca, también he vuelto a leer poesía por las noches, a escribir. Pero no puedo acomodarme en la torre de marfil cuando la muerte corre salvaje y desatada más allá de las ventanas. Cuando considero las innumerables ramificaciones de esta pandemia y deduzco la faz del mundo que nos espera al otro lado, siento inundarme en una desesperanza invencible. Al inicio pensé, entre tanto, que mis días podrían haber encontrado su extensión definitiva. Aún lo pienso ya que el azar no da respiro y la vida sigue sujeta a un clavo ardiente. Pero si de golpe la muerte nos confronta, excediéndose más allá de su virtualidad latente -la que condiciona siempre la existencia con su trasfondo negro- es imposible no derrumbarse. Esta es la única vida que conocemos y es natural aferrarnos a ella. La vitalidad es un acto de resistencia, casi un reflejo condicionado que nos dispone a la solidaridad, al encuentro, a la esperanza. Por eso leemos y escuchamos que “estamos juntos en esto”, que “este barco es de todos”, “que juntos venceremos”. Y de nuevo creemos respirar un aire limpio y matutino, y la esperanza se esponja como un sol naciente que trasunta la aurora y los cantos. Pero este vitalismo esperanzado se me cayó al suelo el día que me tocó salir a buscar comida. Esa vez, asombrado, vi desbaratarse cualquier atisbo de civilidad en la urgencia de tantos que, por ejemplo, desabastecen los supermercados acaparando productos (la ferocidad del consumo ha sido tal que en cierto momento se impusieron cuotas y racionamientos). Otras veces, he conversado los taxistas uberizados. Confrontados con la crisis, aceptan a regañadientes el estímulo económico provisional del gobierno. Lo ven con recelo. Están convencidos, sin fisuras, que la asistencia pública crea vagos y mantenidos. Pero esta vez aceptarán la ayuda con justificado oportunismo, previendo la debacle económica que ya se nos viene encima. Muchos se sienten traicionados pues la mayor parte del dinero –burdamente insuficiente– terminó en manos de las grandes empresas y apenas llegó a la gente más precarizada. Las similitudes con la crisis del 2008 son mera coincidencia.

Así que las ruinas se amontonan y, sin embargo, el tiempo acumulado empieza a normalizar la crisis. Pareciéramos dejar atrás aquel sentimiento fatal que, añejado por la costumbre, empieza a ceder. Ya no impresiona demasiado ver un New York convertido en pueblo fantasma, ni desgarra excesivamente ver la enorme fosa común que engorda sin pausa las entrañas de Heart Island. El corazón resiste encontrando cierta familiaridad entre el desastre, los instintos se templan, la vida insiste, pero es imposible no advertir que el panorama oscurece cada vez más aterrador. Tenemos un tercio de los infectados en el mundo y somos apenas el 4.25% de la población. Las cifras, todos lo saben, se correlacionan con la capacidad oficial de testeo, de rastreo y de cómputo de brotes e infecciones. La capacidad del sistema sanitario sigue siendo, por mucho, insuficiente e inadecuada. Se presume que quedan por contabilizar multitudes que han muerto en solitario en sus apartamentos. Las carencias de equipos de protección médica continúan evidenciándose a pesar de la vergüenza inicial, y los números de infectados y muertos continúan rompiendo récords diarios. Pese a esto, ya empezó la reapertura del país.

Cediendo a las presiones económicas del gran capital y a la creciente precarización de los trabajadores, el fin de semana pasado Georgia empezó el proceso. El gobernador, desoyendo todas las recomendaciones de los expertos sanitarios, decidió “liberar” cines, restaurantes, gimnasios, peluquerías, salones de uñas y playas; muchas playas. Sí, lo esencial va primero. Y las hordas desconfinadas y hambrientas de sol y mar las han poblado sin reservas. Algún folclórico se ha vestido como La Parca, y mientras blande su guadaña les ha recordado a los numerosos bañistas que el virus no da tregua. La gente ha insistido en no privarse de su placer y su libertad, arrogándose un sagrado derecho constitucional, y coincidiendo perfectamente con la imprudente reapertura del país. Por ello, ya proyecta una subida importante en las cifras de infectados y muertos que en junio podrían ser 3,000 por día. Todo esto es tan sórdido y aterrador, y sin embargo normal en este extraño planeta americano[i]. Aquí la supervivencia y la organización se han codificado en clave ideológica a pesar de una consistencia casi invariable de las líneas maestras de la acción política, lo cual refleja los engañosos extremos de un sistema con escaseantes grises: hace dos semanas, en varios estados, mucha gente desafió el confinamiento para protestar por su aburrida situación. Salieron a la calle sin mascarillas y azuzados por los tuits presidenciales exigieron la liberación inmediata de los negocios y el fin del confinamiento carcelario. Había una rabia común desbordando el entrecejo de sus gritos, y muchas pancartas revelaban una ira vieja y larvada: [ii]Social distancing equals Comunism”; [iii]We’ll never be a Socialist country”; [iv]Say no to the Democrat’s hoax”. Los manifestantes eran casi todos supremacistas blancos y muchos desplegaron indumentarias fascistas, banderas confederadas, armas semi automáticas, y patriótico excepcionalismo.

Y los contrastes no pueden ser más dramáticos: mientras unos se desesperan en sus casas y sugieren que hay que salvar la economía sacrificando la vida de los ancianos y los débiles, otros temen por su futuro inmediato al tiempo que engrosan las filas de los ya 30 millones de desempleados. Por arriba el panorama no es más alentador: pareciera existir una competencia tácita entre los estados para recuperar la normalidad previa a la pandemia, y olvidar este paréntesis improductivo, que augura ya una depresión económica igual o mayor a la del ‘29. Al tiempo que cada sector político intenta firmar la gloriosa victoria postulando visiones inminentes de la ansiada normalidad, todos los poderes avanzan su agenda aprovechando el shock generalizado. Entre todo, muy pocos se han preguntado si aquella normalidad quizás fue la causa necesaria de este fracaso nacional ante la emergencia del virus. Quizás habría que señalar que la normalidad no estaba diseñada para soportar las premisas básicas de la existencia, y que esta crisis ha evidenciado falsas excepcionalidades y vergonzosos disimulos. La posibilidad de una explosión viral que deviniera en pandemia fue advertida en numerosos estudios, en informes oficiales, en conferencias y documentales de toda índole durante los años, e incluso durante los meses previos al primer brote. Se sabía que algo así estaba por ocurrir (por cierto, se sabe que nos esperan pandemias aún más virulentas, que la crisis climática sigue inminente, que los tambores de guerra empiezan a desperezarse de nuevo en pos de la hegemonía. Se saben tantas cosas…). Sin embargo, las instituciones encargadas de tales prevenciones fueron minimizadas o directamente destruidas. Siguiendo ortodoxias ideológicas, la red de cuidados que sostiene la fragilidad humana fue desbaratada en un esfuerzo concertado, diseñado y ejecutado progresivamente en los últimos 40 años. El mercado, como última panacea, fue entronizado por aquellos econométricos grandilocuentes que aseguraron, sin mover una ceja, que el Estado era el problema y no la solución, a la vez que garantizaron la salvación individual a base de méritos y virtudes reflejados en la cuenta bancaria. 

Esta pandemia evidencia, cómo nada, que hay una condición subyacente y esencial que nos incorpora a todos y a todas; que las instituciones públicas, más allá de la burocracia, son la racionalización realizada de una red de cuidados colectivos, irrenunciable. Imprescindible. Una red que nos permite afrontar con muchísima mejor disposición los embates del azar y de la naturaleza. Después de esta pandemia, los cuidados deberían salir del reducto familiar donde fueron arrinconados, e instituirse como la condición básica que nos ayudará a sortear lo imprevisible. A sortear aquello que escapa al individuo y que, sin dejar de afectarle, es solo aprehensible mediante la colaboración y la interdependencia. ¿Quién puede ahora comprarse un trozo de hospital con el dinero que tiene en su cuenta? ¿O desarrollar, aislado en su libertad individual, la esperada vacuna? Después del trauma colectivo ¿seguiremos siendo y haciendo lo mismo, o seremos y haremos distinto? ¿atravesaremos el fantasma, como dirían los lacanianos, o nos resguardaremos cómodamente en la falsa identidad del ego?  Siempre me impresionó una frase del Fausto: “¡Muere y transfórmate!” Hoy me resuena más que nunca.

Quisiera decir que todo esto pasará pronto. Que pronto llegará el día claro en que baje corriendo a la calle, y como quien ha escuchado la zarza ardiente, abrace sin resguardos al primero que pase. Quisiera pensar que pronto regresaré a los cafés existenciales de Paris, a las tardes sin tiempo de Guatemala, a los viernes de Jazz en New York, a hacer música en México, en China o en España. Quisiera saber que ya hay fechas para presentar mis conciertos y mi disco; que pronto estrenaré aquella pieza embrujada; o que estoy por conocer a esa guitarra que no acaba de nacer para mí en Roma. Es extraño sentir la nostalgia del futuro, de un futuro ahora tan incierto, acaso ya imposible. Pero sigo de este lado de la ventana y apenas regreso de mis pensamientos al observar a algunos pájaros que se descuelgan del cielo. Van juntos coronando aquellas montañas verdes. El sol reverbera sobre sus espaldas oscuras ahora que se han enredado en una nube, formando una extraña floritura que por un segundo se parece a la esperanza. Pero el viento los ha dispersado fragmentando la nube, y ha despejado un cielo azul, lejano, indiferente.

California, 4 de mayo, 2020


[i]  Vicente Verdú. “El planeta americano”; Anagrama, 1999. [ii] “Distancia Social igual a Comunismo”  [iii] “Nunca seremos un país socialista” [iv] “Di no a los engaños de los Demócratas”

2 comentario sobre «Más allá de la ventana»
  1. Excelente artículo, supremamente fuerte y delicioso. Joséaugusto tiene una mano fina y precisa tanto para la guitarra como para la pluma, porque tuvo la suerte de nacer con ideas confusas, por lo que nunca ha cesado de luchar por ordenarlas y convertirlas en música tocada o escrita que, como un rayo láser, nos lanza al corazón, mientras uno se queda en silencio al final de la lectura, , imaginando el horizonte del mar y añorando aquel futuro que se funde en el azul del cielo con sabores y nostalgias impronunciables. ¡Gracias, Joseaugusto, por ese abrazo a la vida que recibo gustoso y te reenvío con alegría!

  2. Es impresionante la negación de la realidad que acongoja a la mayoría de la gente. Nada será como antes suena como el final de una ópera vieja en la que todo está perdido. Sin embargo, la vida sigue como ha seguido siempre, con las muertes de siempre y los desastres de siempre. Tampoco hay que olvidar los amaneceres y los atardeceres de siempre. Desde mi posición privilegiada de escritor y artista multidisciplinario observo la realidad todos los días, intento comprenderla y adaptarme lo mejor que puedo. Muy buen articulo, la vida continúa y toca adaptarse o morir en la nostalgia!

    http://www.manuelgiron.ch

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