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COVID-19La Columna del Director

Covid-19. EL ENCIERRO NO ES IGUAL PARA TODOS…

4 Min de lectura

Por Haroldo Sánchez

Es un tiempo tan distinto el de ahora. La quietud está en el ambiente. Son los primeros días de un invierno que parece será copioso. Si se da una mirada atrás, las cosas cambiaron, no solo en Guatemala, sino en el mundo. Aquí, la pandemia nos recluye en casa más temprano que nunca, y el mundo se hizo algo así, como un pañuelo extendido. Siempre dije que las casas son pequeños mundos donde se desarrolla toda una vida. No se sabe qué hay dentro de sus paredes. Si el mundo es como un cielo, o si es un verdadero infierno. Si el amor prevalece, o si es la violencia intrafamiliar la que está presente con su dolor y zozobra.

            Todo dependerá, además, del lugar donde se viva. Si hay espacios suficientes, o si se debe convivir en un lugar más reducido, donde a cada momento se topan los miembros de la familia, al no tener un espacio donde estar tranquilo. Otro factor es, si en la casa hay alimentos. Si existe más de una entrada de dinero, al menos, una.

            No es lo mismo vivir en La Cañada, por ejemplo, a hacerlo en La Bethania. Así que lo que ocurre tras las paredes de una casa, depende de lo social, lo económico y lo ambiental. A lo mejor lo que los une como un lazo invisible, es que todos son seres humanos, con sus alegrías, tristezas, miserias, sinsabores y a quienes diferencia el estatus social. La realidad es que hay hogares donde sí hay alimentos para pasar encerrados varios días o un par de semanas. Pero hay otros, que son la mayoría, esos que antes presumían de clase media y hoy no están allí ni están arriba, porque son los trabajadores que perdieron sus empleos o bien, vieron reducidos sus salarios antes de quedar desempleados, y totalmente desprotegidos.

            Es complicado eso de lo que hay atrás de las fachadas de una casa. Las hay de estructura sólidas, eternas, y otras que apenas se sostienen, un fuerte viento puede levantar las láminas y botar las paredes de madera. El adobe está en algunas, porque es lo más barato para construir: tierra, un poco de pasto seco, agua; se mezcla y termina en lodo, para luego hacer las maquetas de adobe y que el sol se encargará de hacer sólido el producto y después construir las paredes de la vivienda.

            Es que no es lo mismo verla venir, que bailar con ella. Desde la posición de privilegio todo se puede aguantar. Desde el lugar del pobre, solo le queda la resignación. La desesperación, el desvelo, la angustia. El que no tiene absolutamente nada, con que lo dejen dormir calientito, basta. Ya mañana saldrá con su bandera blanca a ver si alguien se compadece de su necesidad.

            La vida nunca ha sido justa. Ni lo será. Esto es lo que es: unos tienen, otros buscan tener, y están quienes no tienen con qué alimentarse. Son esas familias que salen con su bandera blanca, y cargan con el pequeño que aún amamanta la señora, que pide ayuda en la intemperie. Pero tiene que competir con otros vecinos que también se llevaron a los más pequeños para ver si alguien se apiada de su miseria.

            ¿Alguna vez se imaginan la vida en esas covachas a la orilla de los barrancos que circundan el cinturón de pobreza de la capital? ¿En las covachas con techo de lámina de la mayoría de comunidades indígenas del país? ¿Se han puesto a pensar cómo es la vida en esas viviendas? Dicen que quien nada ha tenido, nada extraña. Es la filosofía del explotador, su guía de vida para con los demás. Es la insensibilidad del que tiene algo para llevarse a la boca. Si yo como, no creo que me quite el sueño que el vecino no tenga nada, así razona en su estrecho egoísmo.

            ¡Ah!, si supiera lo que se vive atrás de esas paredes de todas las casas de Guatemala. Habrá cielo adentro, o todos arderán en las llamas del infierno humano que produce el violento, el vicioso, el desamorado. ¿Se darán casos de abuso sexual en contra de las y los indefensos? ¿Estará presente el machismo y la mujer convertida en esclava? ¿Qué pasará adentro de esas paredes de esas casas tan elegantes, o de esas casas convertidas en prisiones para la familia…?

            La pandemia recluye a la gente más tiempo en sus casas. Las obliga a estar adentro. Hombres y mujeres. Niños y jóvenes. Ancianos y abuelos. Hasta la mascota tiene que estar confinada. Los espacios se hacen cada vez más pequeños. Es como si tuviéramos una casa que se encoge, porque hoy circula más gente en su espacio.

            La comida se acaba más rápido. Hay que alimentar a una infancia presente, que a cada rato tiene hambre. La mamá no descansa. La empleada trabaja todo el día. Los hombres más tranquilos, ven pasar las horas, esperando que pronto puedan salir de casa. Algunos tienen la suerte de tener trabajos a distancia. Y están los que se quedaron sin chance. Los que el COVID-19 no los contagió, pero los dejó sin empleo porque la empresa no pudo sostener el salario de sus empleados, menos asistir a su situación económica en crisis.

            Las casas guardan secretos. O sus habitantes son los que los guardan. Las casas son el refugio o la jaula. Se es feliz o desgraciado bajo el techo de la vivienda. Nadie dijo que todos éramos iguales, la pandemia vino a demostrar que por supuesto, no lo somos. En nada. Ni los que tienen todo lo material para vivir bien, ni los que luchan a brazo partido para que sus familias tengan alimentos, ni los que poseen solo sus harapos para taparse en las húmedas noches de lluvia.

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Carmen Gutierrez
Carmen Gutierrez
30/05/2020 5:30 PM

Y que me dicen de las personas que viven en los municipios, aldeas, caseríos que viven del día día, tienen que salir a trabajar al campo, en las tiendas, traslado de personas, tantas actividades que les suponen un escaso ingreso. Esa es Guatemala… más allá de nuestros alrededores. Si aquí hay hambre en el interior, cómo estarán?

Nelson Del Valle
Nelson Del Valle
30/05/2020 7:25 PM

Gracias Haroldo, por siempre ser fiel a la realidad y verdad de nuestra Guatemala, golpeada, marginada, abusada, pero con Esperanza de seguir adelandte y esperar mejores días.