Por Manuel Chocano
No Editorial #3
Mi papá tenía la misma edad que Oliverio Castañeda cuando yo nací, en 1978, el mismo año en que Oliverio fue asesinado. Nuestros padres crecieron con el miedo a las dictaduras y el terror del conflicto armado. Su juventud fue otra. Estuvo atravesada por una violencia que dejó una herida que quizá nunca terminó de cerrarse y que llevó consigo hasta la adultez.
Por eso fue tan importante el fin del conflicto armado, porque eso nos hizo acunarnos en un ambiente menos denso. Claro, vendrá gente a decir que ese final no significó nada, que no cambió nada. Yo me aferro a la esperanza que nos dio la luminosidad que quizá nos inundó hace menos de una década. Y esa década dejó rastros de esperanza para quienes vendrían.
Aún no sé si supimos hacer algo con esa luz. Lo que sí sé es que fue la generación de nuestros padres quien nos dio la antorcha; nosotros, creo, la dejamos caer.
Por más que yo deteste las etiquetas, somos lo que las grandes empresas de marketing y publicidad han definido como Xennials, en una temporalidad definida para explicar que estamos en medio de la generación X y los millennials. Una generación que sostuvo el movimiento artístico más importante de los últimos 50 años: el movimiento de rock de los 90 en Guatemala.
Nuestra generación tenía ganas de hacer cosas, de hacer lo que muchos de nuestros padres no pudieron hacer, de crear, de expresar, de amar, de vivir. Percibíamos que las cosas podían ser mejores; sentíamos un afecto inmenso por unas bandas de rock que eran nuestras, nacidas y forjadas en el entorno de esta ciudad quebrada de barrancos, miseria y concreto.
Y no fue fácil. La fuerza del conservadurismo aún seguía barriéndonos hacia ese absurdo conformismo, a sentir orgullo por símbolos que ya no significaban nada.
Somos esa generación que aún acompañó a su abuela al mercado, que conoció los teléfonos de rueda, que iba a pagar la luz a EEGSA y el agua a EMPAGUA. Quienes pasábamos horas en “El Duende” descubriendo qué discos nuevos había. Somos la generación que amó “el cable” porque era nuestra ventana al mundo. Porque en ese entonces Guatemala no era el mundo, era otra cosa.
Ser de Centroamérica es formar parte de la periferia de Latinoamérica. Sí, en Latinoamérica también hay una especie de jerarquía silenciosa, en donde Centroamérica y quienes nacimos en este territorio nos encontramos hasta el fondo.
Y en ese distanciamiento del resto de América Latina florecimos. Vimos cómo las bandas de rock se convertían en nuestro símbolo, uno que no era gris, sino nuestro. Y en esa fuerza radicó gran parte de la importancia de ser joven y vivir en los 90 en Guatemala.
Pero ese movimiento de rock, sustentado en todo tipo de personas —patojas, patojos, de todos los estratos sociales; conocí a quienes dejaban el carro en casa de su abuela para llegar caminando a un concierto a la Bodeguita del Centro; chavas y chavos de Nimajuyú que llegaban en la última camioneta disponible para luego regresar a pie desde la zona 1 a la zona 21 de noche, al finalizar el último golpe de la baqueta. Vi mujeres kaqchikeles venir desde Chimaltenango para asistir a un concierto de La Tona. Atestigué la rendición de las radios, esas comerciales, malinchistas, que se negaban a tocar artistas nacionales, teniendo que hacerlo porque nuestra generación se lo exigió.
Y luego, en primera fila, vi cómo todo empezó a apagarse lentamente. Las bandas del 2000 ya no representaban a nadie; los conciertos se hacían en lugares que nada tenían que ver con aquella ciudad de smog y concreto que, con todo y sus contradicciones, había sido nuestra.
No voy a meterme a analizar a las bandas de principios de los 2000; me parecen buenos músicos. Pero no tenían la personalidad suficiente para mantener vivo el movimiento, o al menos para mantenerlo con buena salud. En la radio sonaba el sencillo del disco y, después, ese mismo primer sencillo convertido en anuncio de cerveza. Ya no era una canción: era un jingle. ¿Qué queda de una canción cuando termina vendiendo cerveza?
Entonces pensé que el movimiento era nada más algo del pasado, algo que seguía vivo por nostalgia, que le habíamos transmitido a nuestra descendencia para tener una canción que cantar en los viajes largos en el carro. Para ir a conciertos con nuestras amistades cuarentonas y recordar a quienes ya no estaban o nuestras sensaciones el día que vimos a Bohemia Suburbana llenar la plaza de toros. Sí. Nostalgia noventera en esa Guatemala de cines, comida rápida y kermeses.
A mí me gusta descubrir nueva música. Intento cada semana tratar de encontrar nuevos grupos y artistas que me hagan vibrar con una nueva melodía. Ese estremecimiento que me dio la primera vez que escuché «Yo te vi» en 1995 en la Bodeguita del Centro, la primera vez que estuve en un concierto de Bohemia Suburbana.
Y por eso estoy suscrito a un canal de YouTube, KEXP. Ahí encontré por primera vez a Fontaines D.C., una de las bandas punteras del rock actualmente. Y por ese mismo canal han pasado Arctic Monkeys, Café Tacvba, Pixies, Florence + The Machine, entre muchos otros y otras.
Ahí me encontré a Asimov, una banda guatemalteca de post punk, con un toque dark wave que me encantó, y me llevó a explorar otras bandas que espero analizar más adelante en este mismo espacio. Que Asimov exista en el espacio artístico acartonado y estático de la generalidad de Guatemala es un logro en sí mismo. Que su participación en KEXP no haya sido un acontecimiento que al menos significara una publicación breve en medios de comunicación masivos del país, habla no únicamente de lo mal que estamos como sociedad, sino también de la falta de cultura y sensibilidad de quienes tienen a cargo el tema de cultura en los medios de comunicación tradicionales en Guatemala.
Y eso no únicamente es triste, tiene un lado de perversidad. Porque si vemos otras noticias sobre influencers, presentadoras y presentadores que no tienen más talento que mantenerse en ese acartonamiento tan chapín de los programas de revista matutinos en la televisión mediocre de Guatemala…
Pero si ustedes que me leen les gusta la buena música y ya están cansadas y cansados de lo mismo de siempre, les recomiendo: sigan canales como KEXP. Ahí encontrarán la música subversiva que la industria creyó dejar morir para saturarnos de lo mismo, disco tras disco, año tras año.
El rock guatemalteco no ha muerto. Y eso me tiene muy feliz. Salud, Asimov.

