Por Andina Ayala
No Editorial – f4gt.com
En los últimos años, las redes sociales dictan un nuevo lenguaje para hablar de nosotras y nosotros mismos. «Estoy siendo tóxica», «tienes que sanar tus traumas», «es tu apego evitativo». ¿Cuántas veces lo hemos escuchado – y repetido – sin cuestionarlo?
No es casualidad. Palabras que antes eran de uso clínico —trauma, apego, sanar, validar— hoy son parte del vocabulario cotidiano. Eso abrió una puerta necesaria para hablar de salud mental, sí. Pero también instaló otra idea más silenciosa: que siempre se está rota o roto, que toda emoción incómoda necesita diagnóstico.
Quiero aclarar algo: no escribo desde el rechazo. Escribo desde la duda.
Crecí escuchando que ir con profesionales de la psicología era «para locos». Hoy vivo el extremo opuesto, donde parece que todos deberíamos estar en terapia. Celebrar que podemos pedir ayuda sin culpa es un avance. Inquieta, en cambio, cuando todo se explica solo desde la falta de salud mental, sobre todo en un país donde la mayoría no puede pagar una terapia.
En medio de ese ruido de TikTok, Instagram y podcasts, me pregunté si todo tiene que explicarse desde la psicología clínica. Con esa pregunta llegué a René Rincón, psicólogo por la UNAM y doctor en Análisis Experimental de la Conducta en la FES Iztacala, México. Desde el interconductismo, una corriente crítica de la psicología.
Su punto de partida es simple y potente: la conducta no es buena o mala en sí misma. Es un ajuste a las condiciones ambientales donde vive una persona.
Le pedí que me ayudara a desmenuzar 6 discursos que hoy se repiten como verdad en redes.
1. El problema con el DSM
«La lógica de la población latinoamericana es mantenerse en estrés constante porque no hay suficiente dinero; no hay acceso a la salud pública. ¿Eso es patología mía o es resultado de la circunstancia social, política y económica en la que vivo? El problema del DSM es que patologiza cosas que, en el contexto latinoamericano, son cotidianas.»
El Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM) de la Asociación Americana de Psiquiatría fue pensado para una población estadounidense y luego exportado al mundo. Cuando lo aplicamos sin filtro aquí, corremos el riesgo de diagnosticar como enfermedad individual lo que en realidad es una consecuencia estructural de la desigualdad.
2. Vivimos a base de etiquetas
«Muchos diagnósticos son criterios sociológicos. Incluso condiciones como la bipolaridad o la esquizofrenia tienen marcadores biológicos que siguen en discusión. Las investigaciones se contradicen porque las características no están bien delimitadas.»
En internet abundan los listados: «10 señales de que eres…», «7 rasgos de…». El DSM tiene criterios tan amplios que, como dice René entre risas, cualquiera que lo hojee puede autoasignarse cinco diagnósticos. Eso simplifica peligrosamente la complejidad humana.
3. Quienes ejercen la psicología no son sacerdotes
«Algunos psicólogos creen que pueden imponer su visión de vida. Hay quienes se empeñan en hacerle ver al paciente que el sistema está mal. Pero ¿bajo qué criterios? El usuario llega por una razón, no para que lo convenzas de tus creencias.»
Para René, el trabajo de la psicóloga o el psicólogo es entender por qué las y los pacientes actúan como actúan y modificar la conducta desde la necesidad de quien consulta, no desde la ideología de la o el terapeuta. Esto aplica también a discusiones necesarias como la perspectiva de género: es una lucha social legítima, pero no es el motivo por el que la persona llegó a consulta.
4. La desinformación terapéutica
Aquí fue más tajante: terapias transgeneracionales, constelaciones familiares y otras prácticas similares son, en sus palabras, iatrogénicas. Es decir, pueden hacer daño.
Hay una confusión enorme entre autoayuda y psicología con evidencia. Un ejemplo claro son los «tipos de apego». El apego como estudio etológico de supervivencia animal sí tiene evidencia. Pero la popularización de los apegos inconscientes que vienen de la infancia, de la mano de Mary Ainsworth con base psicoanalítica, se volvió un libro de autoayuda sin sustento científico sólido y luego se viralizó en videos de 30 segundos.
La psicología rara vez tiene respuestas rápidas y universales. El formato de video corto desdibuja esa frontera.
5. Las heridas de la infancia no son un diagnóstico
El niño interior y las 7 heridas de la infancia son una metáfora psicoanalítica que se volvió bestseller de autoayuda. No son diagnósticos.
René insiste: esto no niega que existan trastornos reales y serios que necesitan apoyo profesional. Pero no todo es trauma.
6. No es lo mismo ser autista que ser neurodivergente – VERSIÓN RESTAURADA
«El autismo, el TDAH, el TLP, son trastornos del neurodesarrollo, no son problemas psicológicos. Los diagnostica el neurólogo, un neuropsiquiatra o un neuropsicólogo, con pruebas neurológicas, cognitivas, sociales y hasta marcadores biológicos. No es ‘me distraigo mucho.»
Hay muchos videos diciendo: «7 señales de que tienes autismo» y te dicen las siete cosas más cotidianas del DSM: «Te distraes con facilidad» — todas las personas lo hacemos. «Te interesas mucho por un solo tema» — pues a eso se le llama especialización o estudiar. Son tan cotidianas que no falta quien empiece a autodefinirse como tal.
No es lo mismo ser autista que ser neurodivergente, no es lo mismo tener TDAH que ser neurodivergente, porque esa etiqueta no es médica ni psicológica.
Es una etiqueta social, creada por una socióloga australiana, Judy Singer, en 1998. Surgió para decir que las personas tienen limitaciones, no son un problema y no significa que no sean capaces de hacer cosas.
La etiqueta pretende reivindicar a las personas que no se comportan como es típicamente esperado. Abarca más allá y se la puede poner cualquiera porque ese NO es un diagnóstico.
La avalancha de contenido terapéutico que circula en redes no solo explica nuestras emociones, sino que también empieza a modelar la forma en la que entendemos quiénes somos y cómo deberían ser nuestras relaciones.
Las plataformas difunden ideas y las repiten hasta volverlas sentido común. Conceptos que nacieron en arenas académicas, terapéuticas o incluso en libros de autoayuda pueden convertirse en reglas que moldean nuestra experiencia y construyen realidad.
Pienso, por ejemplo, en el discurso de las personas «de alto valor», una clasificación supuestamente nueva según atributos o estatus, pero que refuerza antiguos mitos de clases sociales y anhelos aspiracionales.
Aunque la patologización de las conductas y los discursos de alto valor parecen ser distintos, ambos tienden a reducir la complejidad humana. En un lado, somos el resultado de traumas que deben sanarse; en el otro, somos productos que deben optimizarse, y esto es algo de lo que me gustaría hablar en una siguiente entrega.

