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Nuestra Guatemala

No todo es coronavirus en Guatemala

6 Min de lectura

Por Haroldo Sánchez

La primera vez que se vieron, estaban muy jóvenes y la vida los separó. José Adolfo López y Ana Fabiola Solares, vivieron etapas separadas, hasta que ocho años después, se encontraron por segunda vez en el 2002. Fue una tarde que él le entregó una rosa en un sobre y acompañado de una guitarra, le dedicó la canción que había compuesto para ella. Así nació el noviazgo, que los llevó al altar. Con el paso de los años, llegaron los hijos quienes, con su presencia, los llenaron de alegría. Cony, de 22 años, es la hija más grande, le siguen dos varones de 14 y 11 años de edad. Han sido un sólido núcleo, disfrutando del amor y la atención de sus padres

Hoy Fabiola, con 40 años de edad, y quien siempre fue una mujer muy trabajadora, se encuentra postrada en una cama, víctima de un tumor alojado en el cerebro, que le impide la movilidad de la parte izquierda de su cuerpo: ni la pierna ni el brazo responden ahora y por eso se encuentra en una silla de ruedas. Toma medicina para aliviar el dolor, así como para dormir. Sigue un tratamiento especial para el tumor, que consiste básicamente en esteroides. Tiene problemas con la vista, se le dificulta el habla, y le cuesta leer y escribir. 

La familia está desesperada, necesitan alrededor de 250 mil quetzales, para la operación y la rehabilitación. No tienen el dinero, y han ido a los dos hospitales, el Roosevelt y el San Juan de Dios; por el coronavirus no hay un lugar donde la puedan intervenir y extirpar el tumor, que hasta el día de hoy ignoran si es maligno, el cual le provoca no solo dolor, sino angustia y zozobra. 

José Adolfo, recuerda que se conocieron hace más de 25 años y unos años después se casaron. Siempre trabajó como electricista, pero en 2007, le amputaron una pierna y su existencia cambió drásticamente. Ya no pudo ejercer su profesión y en el 2015, se quedó desempleado. Así que decidió trabajar por su cuenta. Por la situación que atravesaban, su padre les dio un lugar donde vivir.

       

Pusieron un pequeño local en un centro comercial, donde Fabiola, quien estudió en la Escuela de Arte, se dedicó a la fabricación de manualidades, dar clases de pintura en el mismo lugar, y trabajó como diseñadora de interiores. La vida, a pesar de los afanes diarios, les premió con hijos sanos, inteligentes, educados y temerosos de Dios. El negocio les permitía sobrevivir sin mayores problemas, eran felices y parecía que un futuro prometedor les esperaba.

Pero un día, todo cambió. El primero de mayo, Fabiola empezó a sentirse mal. Se le durmieron las piernas y el hormigueó se extendió por todo el cuerpo; se fue a recostar un rato y se quejaba de dolor. Al día siguiente intentó seguir con sus actividades, las molestias continuaban y le costaba caminar. Trató de seguir con sus actividades, pero cada vez sentía más agotamiento. A las cuatro de la tarde se fue a recostar y alrededor de una hora después, tuvo una especie de calambre, que le dobló la pierna izquierda hasta el pecho, sentía un ardor indescriptible. A partir de allí empezó a perder movilidad, y la parte izquierda de su cuerpo estaba paralizada. Se inició la búsqueda para saber qué le pasaba. La llevaron con un médico que la mandó a realizar exámenes, y al final, determinó que se trataba de un tumor. Buscaron la opinión de otros tres especialistas, quienes uno a uno, confirmaron que se trataba de un tumor en el cerebro, el cual debían extirpar para salvarle la vida.  

 El precio de la operación quirúrgica, oscila entre 125,000 a 150,000 quetzales, pero necesitan llegar a los 250 mil por los gastos de recuperación, porque los especialistas médicos no les garantizan si después de la operación, recuperará las diferentes funciones de su cuerpo, hoy afectadas.

“Uno de los médicos nos dijo que teníamos que prepararnos con 250 mil quetzales, que cubrían no solo la operación, sino que se podrían presentar complicaciones y había que estar preparados. Ningún médico nos puede asegurar que todo será exitoso, pues se pueden presentar complicaciones; ante esa cantidad de dinero, realmente nos asustamos como no tiene idea. Hemos buscado otras opciones para ver si baja el precio, pero igual, aunque baje sigue siendo una cantidad que no tenemos”, dice José Adolfo, con voz quebrada.

 

El tumor afecta el área motora del cerebro, y los médicos indican que, según el estudio de las radiografías, lo que se puede determinar es que no tiene muestras de ser un tumor maligno, pero igual hay que extraerlo y mandarlo a patología para que allí determinen qué tipo de linfoma es. “Si lo quitan, existe el peligro de que en dos años podría volver a formarse. Pero hay que hacerlo ahora, al ser urgente por el peligro que tiene para la salud de Fabiola”, señala.

Para José Adolfo la vida familiar dio un vuelco al conocer la noticia de la enfermedad de su esposa. Cuando está solo, se pierde en profundas reflexiones ante la situación que vive, y se rebela ante la incertidumbre de no juntar el dinero. Una y otra vez, se repite, que lo van a lograr. Piensa lo que le han dicho los médicos; desea tanto que ella recupere la movilidad, que no tenga secuelas y que no quede atrofiado ninguno de sus miembros.  

“Pienso mucho en la operación porque no es fácil. El tumor está en el cerebro, y se deberá abrir el cráneo para ver si está enraizado o no. La han diagnosticado como cuatro médicos y cada uno de ellos ha coincidido en el diagnóstico. Si se opera igual hay riesgos. No hacerlo, sería fatal. Entonces, todas esas son las cosas que pienso. Es duro aceptar esta realidad porque mi pareja me ha acompañado durante más de 20 años, y puede quedar limitada en sus facultades”, se lamenta.

La hija mayor, Cony, se encarga del cuidado, mientras el padre sale a la calle. Está triste, pero sus palabras resuenan con energía: “Ha sido difícil ver así a mi mamá, una mujer muy activa, trabajadora, luchadora; viendo a sus hijos, al negocio, a la manera de salir adelante.  Cuesta verla así, que todo lo que realizaba antes ahora no lo puede hacer. Estoy viendo a mis hermanos. Es muy difícil esto, pero tenemos fe. Estamos luchando en familia por salir adelante y no nos vamos a dejar vencer por el desánimo”. 

“Como hija agradezco todo lo que ha hecho por nosotros. Y ahora nos corresponde apoyarla en estos momentos tan complicados para ella, quien ha sido una mujer ejemplar”, dice.

LUZ INTERIOR ANTE LA ADVERSIDAD

FABIOLAMi vida ahora es diferente; es más enriquecedora, porque a través de esta enfermedad, y estar postrada en una cama, he podido ver muchas cosas que antes no veía. A pesar de estar en una cama, he podido sentir el cariño de las personas, incluso de gente que no conocía mucho. Entonces, creo que esta enfermedad está moviendo el don de la caridad a través de las personas, y ha sido maravilloso para mí, me he sentido apoyada, querida y fortalecida por todo el amor que recibo.

EXPECTATIVASLos médicos me han dicho que tienen que operarme lo más pronto posible, para estar bien. Mi recuperación depende de esto. Cuando me lo han dicho me he sentido fuerte. Porque quiero vivir, transformar este momento. Tengo que ver a mis hijos crecer, estar con mi esposo. Hacer las cosas que hacía antes, aunque más enfocada en sentirme un mejor ser humano, una mejor persona, más llena de amor hacia todo lo que me rodea. Esto es lo que me dice mi corazón.

ESTOY PREPARADALos médicos han visto que he sido muy clara con ellos; se han quedado sorprendidos porque les he planteado preguntas directas, para que no me mientan, quiero saber la verdad porque sé que estoy muy enferma. Les pregunto si voy a vivir, o no voy a vivir; si podré caminar o sino lo volveré a hacer; si voy a recuperarme o no; si me operan que tan bien voy a salir de la cirugía. Yo ya estoy lista, ya le entregué mi corazón a Dios y si él cree que es el momento de irme, ya lo acepté. Incluso, esto me ha enseñado a no tenerle miedo a la muerte, porque la muerte es tan solo una etapa, es un paso a una vida nueva, que la muerte es aprender a desprenderse de todo lo que es esta vida terrenal, porque cuando se está en mi lugar, se aprende a desprenderse del esposo, de los hijos, y hay que aceptar todo eso como se acepta el vivir. Ya estoy lista para lo que Dios quiera para mí. 

MUY AGRADECIDA. Estos días me ha conmovido mucho el ver que hay personas que no conozco que han ido a depositar su aporte al banco. Pueden ser cantidades pequeñas, pero grandes en bondad y amor. En una época tan difícil con esto del coronavirus, quizás se han quitado un bocado de la boca para depositar en la cuenta, para salvar mi vida. Estos gestos me dan mucha fuerza para seguir adelante. Solo puedo agradecer a las personas que me están ayudando. Que quieren que yo viva. Muchas gracias por eso.

Cuenta para depositar:

Ana Fabiola Solares Ramírez

BANCO BANRURAL

CUENTA DE AHORO

No. 4132141635

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Claudia Godoy
Claudia Godoy
22/06/2020 6:25 PM

Buenas tardes. Quisiera saber si hay algún # de teléfono o celular por el que se pueda contactar a Adolfo López, esposo de Fabiola. Gracias.