La Mirada

La canción alternativa como contracultura

14 Min de lectura

Por Fernando López, Cantautor guatemalteco

En las entregas anteriores para Factor 4, he venido presentando algunos insumos teóricos conceptuales muy preliminares a cerca del derrotero del género artístico de la canción alternativa en Guatemala.  En esta serie de entregas, el concepto mismo de canción alternativa y el simbolismo como concepto y como elemento de mediación cognoscitiva que subyace en las canciones. 

Esta entrega está enfocada dentro de la contracultura e intenta solamente poner en amable consideración de los lectores, algunos elementos que se han vertido a este respecto, en su búsqueda de contribuir a la discusión y construcción de la antropología poética en Guatemala.

La forma en que se relaciona, acondiciona y controlan los impulsos y actividades estéticas con otros aspectos de la cultura y de la sociedad, es nodal para la antropología poética y de las expresiones creativas. Los apuntes siguientes discutirán preliminarmente, cuál ha sido el acondicionamiento de la Canción Alternativa guatemalteca, dentro de la dinámica social en general, así como con el desarrollo contracultural característico de los movimientos sociales y políticos de nuestro país. 

Tomaremos aquellas concepciones de cultura que arrojen luz sobre nuestro tema específico.

Para Daniel Bell: «La cultura, para una sociedad, un grupo o una persona, es un proceso continuo de sustentación de una identidad mediante la coherencia lograda por un consistente punto de vista estético … es el ámbito de la sensibilidad, la emoción y la índole moral, y el de la inteligencia, que trata de poner orden en esos sentimientos».[i]

La cultura en la actualidad anuncia mediante su código imaginario -aunque sea oscuramente- la realidad social venidera.  La cultura -según Bell- se convirtió desde los años sesenta -con su pujante impulso novedoso y su búsqueda de sensaciones futuras-, en un componente más dinámico aún que la tecnología misma, a juzgar por su «… impulso dominante hacia lo nuevo y original, una búsqueda consciente de formas y sensaciones futuras, de tal modo que la idea del cambio y la novedad superan las dimensiones del cambio real … La sociedad ahora acepta este papel de la imaginación».[ii]

Esta «tradición de lo nuevo», permite al arte hacer una exploración sin cortapisas, por todas las formas de experiencia y sensación. Los artistas mismos han llegado a asumir una concepción ideológica de vanguardia y de avanzada, que sirve para institucionalizar la primacía de la cultura sobre las esferas morales, las costumbres y en última instancia, sobre la política. 

Bell apunta el divorcio que se dio en 1960, entre la estructura socioeconómica y las artes pertenecientes a la modernidad. Estas se caracterizaron por la negación de los rígidos cánones racionales heredados del Renacimiento y los postulados de la Revolución Francesa, que pontificaron los logros científicos por encima de todo.

Hablar de «lo nuevo», era tratar de dar una interpretación más humana a los valores y postulados racionalistas. «Nuevo signo», «nueva ciencia», y también de «nueva canción», forma parte de la contracultura en el modernismo que criticaba los desmanes de la técnica y el capital sobre los seres humanos. 

Encontramos en las anteriores concepciones, la caracterización del rompimiento contracultural en el modernismo, especialmente en lo referido a las artes, que como veremos más adelante, devienen en una expresión inscrita en la corriente postmodernista.

Retomando lo referente al proceso continuo de sustentación de una identidad a través de un consistente punto de vista estético, el arte y la canción contribuyen a la consolidación de identidades, especialmente en estos tiempos de auge y consolidación de un sistema cultural globalizante que intenta negarlas.


[i]. Bell, Daniel. «Las contradicciones culturales del capitalismo». Editorial Patria, S.A. de C.V., bajo el sello de Alianza Editorial Mexicana; México, 1,989. p.47.

[ii]. Bell, Daniel.  Op. Cit.,  p.45.

Otra definición importante es la referida a la «cultura como conflicto», de Luis Britto García.

Para este autor, la raíz última de los actuales conflictos debe ser buscada y entendida en la cultura, ya que ésta, facilita la imposición de voluntades, concepciones del mundo, valores o actitudes. Esta noción de «conflicto», es explicada a partir del surgimiento en el seno de una cultura dominante, de una subcultura divergente. Cuando esta última contradice abiertamente a la cultura establecida, deviene como contracultura y se establece una lucha ideológica a fin de neutralizar a sus seguidores. 

Para Britto García, esta dinámica es lo que hace que la cultura evolucione a nuevas formas.

«La cultura se transforma mediante la progresiva generación de subculturas, que constituyen

intentos de registrar un cambio de ambiente o una nueva diferenciación del organismo social

… Cuando una subcultura llega a un grado de conflicto inconciliable con la cultura dominante

se produce una contracultura: una batalla entre modelos, una guerra entre concepciones del 

mundo … Las subculturas … son instrumentos de adaptación y de supervivencia de la cultura

de la sociedad

Britto García, Luis. «El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad».  Editorial Nueva Sociedad, Venezuela, 1991.  pp. 17-18.

Otros aspectos importantes que aporta la concepción de Britto, son los estilos mediante los cuales se da la evolución, revolución y decadencia cultural.

La Evolución, es la capacidad adaptativa de la cultura en un tiempo óptimo y sin costo social lamentable.  En este estilo, la cultura se enfrenta a los nuevos retos culturales oportunamente a fin de asimilarlos y/o integrarlos a la dinámica cultural.

La Revolución, por el contrario, es un proceso catastrófico resultante de la incapacidad del proceso cultural de enfrentar esos nuevos retos requeridos; aún cuando sobrevive el proceso cultural, los costos sociales de tal supervivencia son altos.

Finalmente, la decadencia cultural se da cuando la sociedad ofrece las mismas viejas respuestas a los nuevos retos; neutralizando sus mecanismos perceptivos, de respuesta y de decisión.

 

«La decadencia de una civilización comienza cuando sus poderes de dominio cultural se 

 perfeccionan tanto, que le permiten falsificar o inhabilitar las subculturas y contraculturas 

 que constituyen su mecanismo adaptativo natural, cerrando así las vías de todo cambio, 

 evolutivo o revolucionario.  La capacidad de supervivencia de una cultura se define, por el 

 contrario, por la habilidad de aprender de sus subculturas sin ser destruida y sin destruirlas.» 

Ibid, p.19.

El sistema logra falsificar y desvirtuar una contracultura identificando los símbolos que le son propios, universalizándolos de tal manera que puedan ser accesibles a una gran cantidad de simpatizantes contraculturales; luego de esa universalización recurre sus mecanismos de mercado para facilitar su venta y consumo masivo, con lo cual logra desvirtuarlos, al perder éstos, la significación reivindicativa de identidad que les dio origen inicialmente.

El afiche y el disco, son los mecanismos representativos de la masificación de la canción disidente. Al masificarse mediante aquellos, la canción es mediatizada: surge la canción y el arte «pop».

La concepción de conflicto de la cultura es importante para el estudio de la Canción guatemalteca ya que contribuye a entenderla como un impulso innovador y crítico, consecuente a las nuevas tendencias y retos culturales en nuestra sociedad. Permite con el concurso de las otras ramas artísticas, garantizar el avance del proceso cultural en general, conjurando los riesgos de ser mediatizado a través de las formas de «apropiación, universalización, masificación y desvirtualización«, que llevan finalmente hacia la decadencia, o en el mejor de los casos, hacia el consumo de un arte facilongo e intrascendente. 


Otra concepción de cultura que nos resulta apropiado es el de Cultura Popular, entendida como todos aquellos procesos de representación, reproducción y reelaboración simbólica de la sociedad, de acuerdo a las condiciones de producción, circulación y consumo en la cual se inserta.[i]

Las significaciones de la cultura popular son producidas activamente por las personas a partir de sus experiencias y relaciones sociales.  Esta cultura se configura a través de un proceso de apropiación desigual para los sectores subalternos de la sociedad, de los productos culturales y económicos.  Estos sectores desprovistos buscan a partir de su condición subalterna, una manera de comprender, reproducir y transformar, real y simbólicamente, sus condiciones de subsistencia.

La cultura popular es, por tanto una expresión contracultural en sí misma.  Las expresiones de la cultura popular se integran a la vida cotidiana y logran un gran alcance y aceptación en los sectores subalternos.  No es popular porque se puede adquirir y vender bien, sino porque dichos sectores la asimilan, aprecian y consideran como propia.  En esto radican también sus amplias posibilidades de promover procesos de reflexión y cambio social.[ii]

La cultura popular entendida como tal, nos indica la esencia que nutre la canción.  Recrea simbólicamente el contexto del cual nace para ofrecer una versión fantástica o real de la vida social guatemalteca. La canción guatemalteca surge y está inmersa dentro las expresiones artísticas de la cultura popular. Sus contenidos representan y reflexionan sobre la cotidianeidad humana, política y social, buscando afianzar la identidad, por tanto es susceptible de coincidir con la impronta reivindicativa de movimientos contraculturales sociopolíticos, los cuales en la mayoría de los casos ven en aquella solamente un instrumento adicional a su práctica militante, lo que repercute en desmedro de su desarrollo artístico.

Es importante entonces, caracterizar la dinámica de esta relación dependiente entre canción y movimientos sociales, a fin de trascenderla y con ello, las limitaciones que imponen estos sectores a la canción, sin olvidar el asidero del cual surge esta expresión valiosa para la cultura guatemalteca. 


[i]. García Canclini, Néstor.  «Planeación y animación de las culturas populares. Definiciones de lo popular, en Antología 2.» : Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México, p.11.

[ii]«CULTURA Y DESARROLLO». La política cultural de HIVOS.  Mayo 1,995. Fotocopias. p.8

 El arte popular que engloba la canción alternativa y otras expresiones, entendido libre de postulados sectarios, descubre constantemente nuevas formas expresivas, recrea un nuevo discurso de la vida con imágenes, sonidos y textos que atraviesan el discurso dominante de la sociedad. Su carácter artístico y creativo hace que se pueda pronunciar sugestivamente sobre la vida, las personas y el desarrollo social, diferente a como lo hace un manifiesto político, y por tanto logra sugerir interpretaciones variadas; vence los límites de las consignas y manifiestos políticos; busca incansablemente nuevas perspectivas para su expresión; se afana en dar interpretaciones alternativas a lo establecido.

Este carácter alternativo es el que interesa a nuestro concepto de canción. Canción que logra desenmascarar nuestras falsedades, las contradicciones corrientes y conocidas («blanco-negro», hombre-mujer», hetero/homo», «derecha-izquierda, «este-oeste»), amparadas en dogmatismos y ortodoxias; logra hacer transparente la compleja realidad social de cada tiempo histórico.[i]


[i]. Ibid.

Movimientos culturales y contraculturales

Abordaremos aquí las tendencias universales acerca de la cultura, y las formas en que éstas repercutieron y alcanzan las formas artísticas actuales, especialmente la canción.

Modernidad. La cultura dominante hace suyo el discurso modernista basado -según Luis Britto-, en los siguientes aspectos: un pensamiento lógico unilateral o unidimensional, que aplica las leyes científicas universales derivadas de la naturaleza: la estratificación social y el poder autoritario. Ordena autoritariamente la sexualidad a fin de preservar las instituciones sociales que sustentan esta estratificación social; uniforma a los individuos a fin de despersonalizarlos e intercambiarlos como «piezas standard» dentro de sus estructuras económicas y políticas, y mediante la agresividad, aplica la lógica del conocimiento científico hasta sus últimas consecuencias buscando solamente su funcionalidad pragmática.

A esto se enfrenta la contracultura, con un discurso basado en el rechazo al autoritarismo y empeñado en identificar y hablar sobre un ser humano definido y concreto en sus particularidades: joven, mujer, latino, homosexual, indígena, etc. Este discurso busca configurar una identidad dentro de la uniformización modernista, retomando, como dice Britto, «la función poética que según los semiólogos le corresponde», como grupos marginados y periféricos.

En la medida en que cobran fuerza y logran estremecer las estructuras sociales «modernas», dan lugar a las verdaderas expresiones contraculturales postmodernas. 

«El mensaje contracultural es … adversario directo de la lógica unilateral, la estratificación 

 social, el autoritarismo, la restricción sexual, la despersonalización y la agresividad 

 presentadas como paradigmas por el discurso de la modernidad. En ese sentido, las  

 contraculturas fueron la verdadera postmodernidad.  Si se acepta la más válida definición de 

 esta última, que la considera como una crítica de la modernidad, se aprecia de inmediato que 

 las contraculturas justamente negaron en todos los campos -filosófico, político, social 

 y vivencial- los postulados de la modernidad … Las contraculturas, si no el comienzo de fin,  

 fueron por lo menos el inicio del post.»

Britto García, Luis.  Op. Cit., p.46.

Sin embargo, las contraculturas no lograron desarticular el orden establecido; fueron desarticuladas por aquel. Esto se debe a que los símbolos de identidad y de protesta fueron modificados universalmente para invertir y finalmente, anular su significado, a través del mecanismo descrito por Britto como un ciclo recurrente de «…exclusión-creación-universalización-falsificación-exclusión», forma en que la sociedad dominante trata a sus grupos disidentes, reduciendo sus rebeliones a simples «subculturas de consumo».[1]  De otra manera, pero en el mismo sentido lo apunta Daniel Bell, cuando sostiene en su análisis específico de la sociedad norteamericana:


«La contra-cultura resultó ser un engaño.  Fue un esfuerzo, producto principalmente 

 del movimiento juvenil, por transformar un estilo liberal de vida en un mundo de 

 gratificaciones inmediatas y despliegues exhibicionistas.  Al final, produjo poca cultura y no 

 se opuso a nada.  La cultura modernista, que tuvo raíces más profundas y perdurables, fue 

 una tentativa de transformar la imaginación.  Pero los experimentos con estilos y formas, … 

 todo lo cual produjo una explosión refulgente en las artes, están ahora agotados.

Cfr. Bell, Daniel.  Op. Cit.,  p. 86.

Aquellas expresiones artísticas contraculturales que no han sido cooptadas por los mecanismos de consumo, se enfrentan actualmente a un nuevo ordenamiento mundial que amenaza con desfigurarlas, tendiendo sobre ellas un manto económico, social y político denominado Neoliberalismo, que trae paralelamente un concepto homogenizador y globalizante de cultura: la Postmodernidad. 



[i]. Ibid.  p.47.

 Al hablar de postmodernidad debemos referirnos a tres acepciones distintas.

La primera, identifica una nueva fase del sistema capitalista: el Neoliberalismo.  Inicia a finales de los sesentas y llega hasta nuestros días; se caracteriza por la imposición del capital multinacional como único sistema económico en el mundo, teniendo como premisa la globalización a través de la informática y la explosión de los medios masivos de comunicación a nivel internacional.  La postmodernidad es la cultura impuesta por la última clase dominante de la humanidad: el gran capital financiero. 

El discurso postmoderno se sustenta en la premisa de la homogenización global, buscando la anulación de lo diferente. Intenta instaurar una «universalización» basada en la transnacionalización, la globalización y la homogeneidad. 

Como bien apunta Alejandro Serrano Caldera, 

«En este caso, lo homogéneo y lo global encubren el mensaje de anulación de lo 

 diferente, de lo otro, de culturas luminosas y algunas veces milenarias cuyos herederos  

representan las dos terceras partes de la humanidad, situados, sin embargo, en la periferia 

 de los centros de poder … Lo verdaderamente universal es lo que se unifica en su propia 

 heterogeneidad dentro de una articulación determinada que permite no sólo que las culturas 

 diferentes coexistan, sino que también sean capaces de retroalimentarse».

Serrano Caldera, Alejandro.  «El doble rostro de la Postmodernidad». Programa de solidaridad del Consejo Universitario Centroamericano (CSUCA), Costa Rica, 1,994.  p.199.

Sin embargo, la avalancha tecnológica postmoderna es algo contundente que nos cae encima sin opción alguna. Con ésta se están sentando las bases para el establecimiento de una «civilización planetaria», dentro de la cual enfrentamos muchos riesgos, entre ellos: la cultura.

 

«El riesgo para la cultura es muy grande pues estamos enfrentados a un desafío que puede 

 permitirnos desarrollar de manera extraordinaria los verdaderos valores universales, dentro 

 de los cuales están incluidos los propios o perecer culturalmente dentro de unas décadas, en 

 la avalancha de una tecnificación que no se detiene ante la identidad de las culturas ni ante 

 las diferencias».

 Ibid.,  p.197

El reto en tal caso será luchar por que la conformación de esa civilización planetaria esté sustentada en el respeto y unidad en la diversidad, ya que hoy más que nunca debemos ser nosotros mismos, para reencontrarnos humanamente con los otros que se aferran a su identidad también; volvernos uno solo, con identidades propias pero universales.

La segunda acepción de postmodernidad, tiene que ver con cuatro nuevas corrientes epistemológicas dentro de las ciencias humanas y la filosofía. Estas corrientes son: el neo o post-marxismo, el feminismo teórico, el neopragmatismo y el postestructuralismo, teniendo como característica principal «el antifundacionalismo» que intenta relativizar y democratizar los cánones racionalistas rígidos heredados de la Ilustración.  En el caso del neo-marxismo, el antifundacionalismo critica las concepciones rígidas y escolásticas de la socialdemocracia y el comunismo de los años cuarenta.

La tercera acepción se refiere a un nuevo movimiento en la cultura que reemplaza la corriente del «Modernism», dominante en el siglo XX, especialmente en los Estados Unidos e Inglaterra.  El «modernism»,tiene su equivalente en Latinoamérica denominado «Vanguardismo». A Grosso Modo, en la música se caracteriza por el rechazo al modelo dodecafónico dominante en la modernidad, y promueve una combinación entre música «seria» o clásica, con elementos de la música popular. En la pintura propugna por el rechazo del expresionismo abstracto y trata de mezclar la pintura abstracta con formas tomadas de la cultura popular y la pintura comercial.

Son estas las tres significaciones que tiene el término postmodernidad: una referida a un nuevo sistema económico globalizante, otra referida a una crisis en la esfera del conocimiento científico y la tercera a un modelo cultural que busca la renovación de las artes. 

Esta tercera acepción nos acerca al cometido inicial de estos apuntes. La manera en que el despunte tecnológico avasalla el mercado y el consumo a través de los medios y las trasnacionales de la comunicación, dejan cada vez más al margen la proyección de las expresiones artísticas subalternas, con lo que corren el riesgo de ser borradas para siempre.   Ahora, el reto es tratar de crecer retomando los elementos técnicos que ayuden a sacar a luz nuestra propuesta artística, sin olvidar las raíces que dieron lugar a la misma.

Esta visión tiene que tomar en cuenta también, una crítica hacia los movimientos contraculturales políticos que solamente utilizaron la canción y la relegaron a ser una simple «correa de transmisión», -para usar el término de John Beverly-,[i] de una vanguardia política de izquierda, basada en la mayoría de los casos en «la movilización vertical de las masas alrededor de un líder carismático» sin permitir integrar a las identidades particulares de todos los grupos subalternos.

Citando nuevamente a Caldera, ante el reto de la postmodernidad nos enfrentamos a una doble necesidad:

«…la de apropiarnos de nuestra historia de las ideas y la de trascenderla necesariamente al 

 abrirnos, con ellas, al desafío de un horizonte más ancho … Es fundamental filosofar sobre 

 nuestro tiempo desde nuestra propia situación espacio-temporal.  El desafío que se nos 

 impone no es sólo pensar nuestra historia, sino, desde ella, pensar la historia de la 

 humanidad.  No sólo pensar nuestra cultura, sino pensar los riesgos que la cultura en general, 

 y la nuestra en particular, están corriendo ante el empuje de una cultura tecnológica que, 

 bien empleada, puede ser una fuerza maravillosa para potenciar las posibilidades del ser 

 humano en cualquier parte ése se encuentre.»

Serrano Caldera, Alejandro.  Op. Cit., p.205.

Finalmente diremos que, en esta búsqueda de nuestra identidad, ahora más que nunca necesaria; en este repensarnos, reencontrarnos en las diferencias y la diversidad, la canción está llamada a jugar un papel importante. Debe contribuir en la búsqueda de la verdad latente o manifiesta de nuestro devenir histórico y futuro, a través de su lenguaje simbólico, poético, crítico y contracultural; romper los cordones umbilicales que a estas alturas la limitan políticamente y trascenderlos de tal manera que pueda siempre, -citando a Caldera-, «…apartar la densa masa opaca de los dogmas políticos, de los absolutismos científicos y de las ideologías sacralizadas… «[ii].


[i]. Zevallos Aguilar, Juan. «La Posmodernidad en América Latina.  Entrevista con John Beverley». En Revista: Modernidad y Posmodernidad: Textos para un debate. Dirección General de Extensión Universitaria; Cuadernos de Extensión No.1, Universidad de San Carlos de Guatemala, Junio 1,994.  p.33.

[ii]. Ibid, p. 210.

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