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La Columna del Director

Una generación incomparable (1950-1989)

7 Min de lectura

Por Haroldo Sánchez

Si naciste entre 1950 y 1989, deberías leer esto: Somos la última generación que jugó sin miedo en la calle, disfrutábamos de los recreos en la escuela, jugando a las canicas, al quemado o a las escondidas. Nunca usábamos casco cuando paseábamos en bicicleta, o en patines. Bebíamos agua del grifo y rara vez buscábamos agua embotellada. Nunca nos enfermábamos por compartir el jugo con nuestros amigos. No tuvimos puertas con protecciones, armarios, y medicinas con tapas a prueba de niños. Nunca subíamos de peso aunque comíamos dulces todos los días. Caminábamos descalzos y nunca nos lastimamos los pies. Nunca necesitamos suplementos para mantenernos saludables. Creábamos nuestros propios juguetes y jugábamos con ellos. Los columpios eran de metal, y nos lanzábamos en resbaladillas con esquinas en puntas oxidadas. No teníamos teléfonos, consolas o computadoras pero teníamos amigos verdaderos. Íbamos a clase cargados de libros y cuadernos, todo metido en una mochila o bolsón que rara vez tenía refuerzos para los hombros y mucho menos, ruedas.

Somos la última generación de la botella de coca-cola familiar, cuando un litro alcanzaba para toda la familia. Y los últimos mandados a comprar con la bolsa de cuadritos. Salíamos a visitar a nuestros amigos sin aviso. Nuestros parientes vivían cerca y nuestros lazos estaba hechos de amor. Nuestras fotografías eran en blanco y negro, pero nuestros recuerdos están llenos de colores. Eramos responsables de nuestras acciones, y acarreábamos con las consecuencias, no había nadie para resolver eso. Tuvimos libertad, fracaso, éxito y responsabilidad y aprendimos a crecer con todo ello. Somos la última generación que escuchó a sus padres, y la primera que escucha a sus hijos.

Somos una generación incomparable. Es nuestro deber compartir a las generaciones, lo maravilloso de crecer en la forma que lo hicimos. Volvamos a lo esencial, terminemos con las tareas, en piezas encerradas frente al televisor y los video juegos. Compartamos y amemos más, dejemos el celular y hablemos más a los ojos. Pidamos perdón de frente. Saquemos más fotos en papel, esas son las que realmente guardarán los momentos. Saquémonos los zapatos y sintamos la tierra en nuestros píes. Digamos más Gracias y más Te quiero. Seamos libres. Somos los nacidos entre 1950 y 1989, y que todos sepan que no somos especiales, somos edición ilimitada. (Tomado de: Historias Inspiradoras. Facebook).

MI PELOTA DE TRAPO

La niñez, esa época tan especial, es donde se forjan el futuro de cada persona, es una etapa que nos deja marcada a fuego cada etapa que vivimos. Crecí en la zona 1, cerca del cuartel militar Matamoros. Las calles del barrio se convertían en el lugar de reunión para jugar futbol. En esos juegos que hacíamos todos los patojos en el barrio, había un elemento que nunca faltaba: la pelota de trapo. Como no teníamos para comprar una pelota de cuero, las hacíamos de trapo, rellenas con papel periódico.

Lo que se convirtió en el punto de unión entre los muchachos del barrio. Los papás se enojaban cuando solo aparecía uno de sus calcetines, porque el otro, relleno de papel, era sometido a puras patadas. Iba de un lado a otro, y detrás corría el grupo, unos intentando meterla entre dos piedras, a modo de marcos, o sea la portería y los demás tratando de evitarlo y hacerlo en las piedras de enfrente, entre gritos, resoplidos y más de una palabra altisonante o más bien obscena.

La pelota de trapo nos hermanaba en las vacaciones, los feriados y los fines de semana. Podría ser negra, roja, amarilla, café, blanca, a rayas, de varios colores. De seda, de algodón, hilo o lana, según los gustos de nuestros viejos con sus calcetines. Su relleno tenía noticias sobre asesinatos, desaparecidos, enfrentamientos armados, secuestros de la guerrilla, aparecimiento de cadáveres con señales de tortura, los viajes del hombre al espacio, los movimientos revolucionarios del continente, hasta los goles de los delanteros de Municipal y Comunicaciones.

Servía para quemar energía o disfrutar con los amigos. A mí me inculcó que se podía ser un buen ganador y me enseñó que no siempre se triunfa por más esfuerzos que uno le ponga a la competencia. La pelota fabricada por nosotros mismos, se convirtió en la mejor compañía y aunque muchas veces acarreó un par de sopapos de nuestros padres cuando descubrían dónde andaba el otro calcetín, fue una buena escuela porque desarrollaba el afán de superación en una sana competencia con otros niños iguales a uno.

Con la pelota de trapo aprendí que quien se esfuerza más, logra lo que quiere, porque en una disputa sin que nadie tuviera ventaja sobre el otro, se luchaba con las mismas armas que los demás; podíamos salir vencedores en el juego o satisfechos en la derrota y aunque nos dábamos duro, sin mala intención la mayoría de veces, al final olvidábamos los roces y seguíamos tan amigos como siempre. Nos sentábamos en la banqueta y discutíamos quién había sido el mejor, o nos reíamos por algunos pasajes del partido. Sudorosos, oliendo mal y cansados, pero satisfechos y felices de la chamusca jugada.

La pelota de trapo también tenía sus días de gloria: pasaba de ser una harapienta esfera a una de seda, cuando alguna mamá se descuidaba con sus medias o bien cuando ya no le servía porque se le había “ido” hilo, como decían las mujeres cuando las medias resultaban con agujeros estirados. Eso permitía tener la pelota más grande de la jornada: a la media de nuestras mamás le cabía el doble de papel periódico, que a un proletario y robado calcetín.

La pelota de trapo hizo pequeños artesanos, niños que idearon muchas maneras de hacer su interior más consistente, con rebote, peso ideal y lo más importante: durable. Había algunos que mojaban las hojas del periódico e iban con paciencia de santo, haciendo una bola, otros al papel lo redondeaban con hilo o cáñamo y los más hábiles lo hacían con hule para que saltara como conejo. En esos tiempos, nunca faltó la pelota de trapo para aquellos niños que corrían atrás de ella y eran felices como nunca lo fueron después.

Esas pelotas se hacían con cariño, con dedicación: se remataban con puntadas finas o toscas y era un rito su elaboración. Si bien no duraban porque se iba en los desagües o resultaban “trabadas” en los tejados de las casas vecinas, nunca escaseaban y una pérdida se reponía inmediatamente con otra pelota de trapo.

La pelota de trapo no solo era para jugar fútbol, también servía para el béisbol, el matado y para “sumir” a quien le tocara de castigo ponerse en la pared, mientras el resto se la tiraba al cuerpo. Se tenía que ser muy hábil para esquivar el golpe y luego de diez disparos quien lograra el mayor número de aciertos, salía vencedor. Nunca ganamos nada material, más que la satisfacción de ser, ese día, el mejor de todos.

La pelota de trapo no rompía vidrios pero sí fue la causa de muchas sacadas de madre de las señoras que caminando en los alrededores eran alcanzadas con un pelotazo. También fue culpable de las carreras que teníamos que pegar de vez en cuando, luego de que un vecino  llamaba a una radiopatrulla, cansado de los gritos por un gol, de las alegatas entre nosotros por una jugada o las peleas después de una entrada “shuca”.

Entonces lo primero que hacíamos era agarrar la pelota de trapo y correr como locos. Era toda una aventura huir de la policía, escondernos, meternos a una de las casas o en la tienda del barrio, mientras se iba la amenaza. Nunca nos agarraron porque a lo mejor no era la intención de los agentes. Sin embargo, sentíamos la gloria al salir “volando”, al nomas divisar los vehículos policiacos.

La pelota de trapo fue mi mejor aliada, con ella reí y lloré. Fui triunfador y tuve que tragarme una derrota a última hora con aquello de “el que meta el último gol gana”, porque el sol se había ocultado y nuestras madres salían a llamar a los patojos a puro grito. Dejé tirados pedazos de pantalón y piel, principalmente de las rodillas; destruí infinidad de zapatos, que luego me hacían escuchar las quejas y los regaños de mis padres, enojados porque ningún zapato me aguantaba mucho tiempo. Con mi pelota de trapo toqué el cielo cuando metí el mejor gol del día y viví la agonía del infierno, cuando tenía que aceptar que el equipo rival era mejor y estaba inspirado, lo cual se reflejaba en el abultado marcador.

La vida está llena de pequeños y grandes recuerdos y de experiencias que nos marcan. Esos días en el barrio, en un sector de la zona uno, por la línea del tren, y en las cercanías del cuartel Matamoros, permitió que esa generación de patojos creciera con lo más natural que se le puede dar a un niño: los juegos sin peligro, con otros de su edad. Se podía salir a la calle, disfrutar de una chamusca, jugar a la tenta, al chibiricuarta, el arranca cebolla, tirarse al suelo para jugar cincos, trompos y un cien con el capirucho, y se miraba la vida desde la inocencia de esos años tan lindos.

Esa Guatemala ya no existe. Se nos fue de las manos hace ya muchos años. Ya nadie parece jugar con pelotas de trapo, que nos hicieron vivir momentos inolvidables y que a muchos nos permitieron crecer de la mejor manera. Hoy, luego de muchos inviernos en mi vida, con nostalgia, recuerdo el día cuando mi padre se levantó los bordes del pantalón y me enseñó sus calcetines. Uno era negro y el otro blanco.

–Si no desarmás la pelota con mi calcetín negro, te juro que te voy a dar una… que te vas a acordar de mi, –me dijo muy serio mi querido viejo.

Aquel día, la pelota de trapo fue blanca porque la negra volvió al pie de mi papá.

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