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200 años después, aún no somos libres .

9 Min de lectura

Víctor M. Ruano P.

Diócesis de Jutiapa

Jutiapa, 17 de septiembre, 2020

Introducción. La reflexión que hoy les comparto sale del último mensaje de los obispos guatemaltecos, dado a conocer con motivo de los 199 años de la independencia de España, publicado el 8 de septiembre del presente año. Según mi opinión, con dicho pronunciamiento los obispos están identificando el enorme desafío que tenemos como país: llegar a ser una nación de pueblos auténticamente libres; porque en estos 200 años de independencia de la corona española, no lo hemos sido.

Es un grito profético que sale del análisis crítico y objetivo de la realidad del pasado y del presente, interpretado a la luz del mensaje cristiano, el cual Pablo, el apóstol, ha planteado con la exhortación: “Ustedes han sido llamados a la libertad” (Gal 5, 13), tan sencilla en su formulación, pero tan fuerte a la vez, que debería estar en el corazón de cada ciudadano guatemalteco, sea o no cristianos, para levantarlo de la opresión a la que sigue sometido aún hoy, en pleno siglo XXI. 

Esta frase de Pablo, en el contexto guatemalteco y centroamericano, se vuelve un imperativo ético, debería provocar un levantamiento pacifico, pero firme e incluyente en aras de la verdadera liberación negada a nuestros pueblos, siendo la puerta para el desarrollo integral, la paz verdadera y la justicia social. Desde cinco realidades de enorme actualidad e importancia, articulan su reflexión los purpurados guatemaltecos para sustentar su llamado a la libertad; a la vez se debe traducir en responsabilidad ciudadana: Mantener viva la memoria del pasado, afrontar las pandemias del presente que son consecuencia de ese pasado, cuidar nuestra casa común violentamente depredada, cultivar un amor solidario que supere toda forma de racismo y exclusión, y ante un futuro complejo y difícil, alimentar la esperanza.

Mantener viva la memoria histórica. Se escuchan voces, sobre todo entre las elites urbanas que manejan la política y la economía, llamando a olvidar el pasado, pues consideran que insistir en los errores y fracasos del pasado reciente o remoto no nos permite alzar vuelo como país. No se quieren reconocer las aberrantes injusticias y las hirientes desigualdades sobre las que se han venido construyendo el país en estos 200 años.

Nos resistimos a reconocer que el anhelo de libertad planteado de diversas maneras por los guatemaltecos de ayer y de hoy, no ha dado frutos y lo seguimos constatando aún hoy en la falta de empeño hacia el “respeto a la dignidad y derechos de todos los guatemaltecos, a su diversidad cultural y religiosa, a la vivencia de una verdadera democracia que favorezca y promueva el Bien Común”. Esta es una ventana para el desarrollo social que nos permite soñar con un futuro mejor.

Las élites, desde los criollos se adelantaron a decretar la independencia porque el pueblo la reclamaba con energía, hasta hoy, como lo hizo el presidente en su discurso ante el Congreso el pasado 15 de septiembre, vienen hablando de libertad, pero al ejercer el poder que el mismo pueblo les ha confiado, no hacen nada, absolutamente nada, para concretar esa anhelada liberación en la vida de nuestros pueblos, pues seguimos viviendo en condiciones infrahumanas, como lo demuestra la “situación crónica de pobreza y miseria de millones de guatemaltecos” quienes no tienen  acceso a la salud básica, carecen  de vivienda digna, de trabajo justamente remunerado y de una educación de calidad para todos.

Además, el campesinado está totalmente abandonado a su suerte, “la reforma integral y global en el uso y tenencia de la tierra que genere desarrollo” nunca llega, “el debilitamiento y el descrédito de la institucionalidad representada en el Estado” es una vergüenza para los ciudadanos y el ridículo ante las naciones; la violencia, la corrupción y la impunidad no generan voluntad política para detenerlas.

Estos males no dejan que seamos un pueblo libre. Como guatemaltecos apreciamos la libertad y la buscamos apasionadamente para cambiar el entorno social que nos oprime. “Nuestra libertad continúa siendo una tarea inacabada. No debemos olvidar que la libertad se construye bajo la dirección de la ley moral, con la práctica de los principios éticos y en el respeto del derecho natural inscrito en la naturaleza humana”.

Afrontar las pandemias de hoy. Un pasado de subdesarrollo e injusticia, muy doloroso y triste para un pueblo tan noble y trabajador como es el guatemalteco, se suma “ahora la crisis global de la pandemia del coronavirus”, que está siendo como una vena abierta por donde continúan sangrando estos pueblos situados en este territorio trasquilado por la cobardía de sus gobernantes y la ambición de imperios foráneos, que muestran, además, el rostro de la opresión y la infamia.

Por eso las palabras del Papa, citadas por los obispos describen la realidad que destapó la Covid-19 entre nosotros: “La difícil situación de los pobres y la gran desigualdad que reina”, y que los gobernantes y las élites no quieren ver; siendo urgente la necesidad de abordarlas antes de que sea demasiado tarde y tengan consecuencias más nefastas que las del conflicto armado interno. Hay “necesidad de curar otro gran virus: el de la injusticia social, la marginación y la falta de oportunidades para los más débiles”, esto está provocando mucho sufrimiento, al mismo tiempo ofrece un panorama sombrío y desconcertante.

Esta situación dolorosa debería ser un impulso para poner en marcha las reformas profundas y rápidas que el país requiere en este momento. Pero parece que no aprendemos de la historia ni de las lecciones que nos está dejando esta pandemia. Si verdaderamente “queremos celebrar con dignidad nuestra libertad no podemos pasar de largo frente a nuestros hermanos que ya estaban en la cuneta de la vida”, por el sistema económico y político en el que se ha fundado nuestro país. Ahora, muchos más serán “echados” en esa maldita cuneta por esta crisis sanitaria, que además es económica, social y emocional.

Esta situación de crisis que vivimos, han dicho los obispos, “nos obliga a enfocarnos en lo esencial, aquello sin lo cual sería aberración pensar que somos libres, es decir, la promoción de la dignidad humana y la defensa de los derechos y obligaciones que dimanan de la misma”.

Cultivar un amor solidario. Sin duda, nuestro pasado ha carecido de una solidaridad estructural y política que articule, no solo la dinámica del Estado, sino la vida de nuestros pueblos, integrando armónicamente su diversidad cultural. Somos una sociedad que se autodenomina cristiana y hasta hiper-religiosa, pero qué lejos estamos de que todo ello se refleje en la construcción de una sociedad activamente solidaria, incluyente y participativa.

Si en verdad fuéramos una sociedad cristiana, dentro de un Estado laico, no podríamos vivir mirando “de frente el rostro sufriente de Jesús sin mirar en Él el rostro sufriente de tantos hermanos y hermanas que reclaman nuestra solidaridad creativa” permanente, y no solo durante las diversas tragedias humanitarias que nos han golpeado a lo largo de nuestra historia.

Hemos vivido y proyectado una solidaridad de limosnas, que a la larga son humillantes, aunque sea necesarias; el Estado, por su parte, ha favorecido el asistencialismo, foco de corrupción, que ha incrementado los niveles de pobreza. La verdadera solidaridad activa es aquella que “exige la acción para transformar el ordenamiento social”; y es necesaria también para “crear oportunidades de participación e inclusión que son consecuencia de leyes generales fundadas en el derecho y en un sistema judicial imparcial que actúa con prontitud y rectitud”.

 Esta solidaridad como camino para la libertad es más necesaria que nunca, sobre todo, cuando es urgente “crear oportunidades de salud y educación que son consecuencia de políticas públicas orientadas al bien común”. Solo así, será posible poner “las bases fundamentales para que toda persona vea reconocida en la práctica su dignidad, sus derechos fundamentales y su libertad que es “signo eminente de la imagen divina en el hombre”.

La realidad del país, con pandemia o sin ella, está despertando “la sensibilidad hacia los más necesitados”, y este hecho social debe “convertirse en un dinamismo solidario que fortalezca iniciativas comunes en favor de los demás”, que se traduzcan en un nuevo modelo del quehacer político y en ventana para la construcción de una sociedad más libre y digna, sin racismos ni discriminaciones. La llamada a la solidaridad pasa por el firme compromiso de la lucha contra la corrupción y la impunidad, que tanto daño la han hecho a nuestro país. Por eso “debemos también denunciar todas aquellas acciones insolidarias, fruto de la corrupción que como cáncer se hace presente en todo el país y que ha dificultado que las ayudas que deberían aliviar las necesidades de las grandes mayorías hayan cumplido su cometido”.

Cuidar nuestra casa común, violentamente agredida. El gran capital local y transnacional que sostiene las industrias extractivas de metales, el monocultivo de la palma africana, por citar tan solo dos ejemplos, unido a políticas economicistas y financieras centradas en el lucro y no en la persona, están agrediendo violentamente la “naturaleza pródiga” que Dios nos ha regalado, “llena de tanta biodiversidad vegetal y animal que debe ser apreciada y cuidada”. No hemos sabido proteger y promover un país con “tantos bienes humanos y culturales”, herencia de nuestros antepasados que hemos venido depredando inmisericordemente hasta el agotamiento de sus reservas de aguas y de recursos naturales que harán más difícil la vida y la convivencia de las generaciones venideras.

Cuando predomina el interés económico de unos pocos privilegiados; y además el Estado y la clase política responden a esas élites, se olvida por completo que nuestra mayor riqueza y potencialidad para el desarrollo humano y social “es nuestro pueblo, con su diversidad étnica y lingüística, con el valor inestimable de sus tradiciones, religiosas y populares, con un deseo de vivir que tiene en el alma unas raíces profundas, con un espíritu de lucha que supera las adversidades, con una población mayoritariamente joven que con sus ilusiones y sus sueños son la esperanza para forjar un futuro mejor”.

Constatamos también que “junto a los pobres de la tierra está la ‘pobre’ tierra”, en una nación donde la relación con la Madre Tierra es vital para la existencia humana, para la espiritualidad de un pueblo creyente y para el desarrollo integral. En este sentido, recuerdan los obispos que “el Papa Francisco nos invita a dedicarnos a la oración y la acción para restaurar nuestra relación con la naturaleza y con nuestros hermanos más vulnerables (el Papa la llama “ecología integral”). Podemos afirmar que el camino a la libertad para los guatemaltecos pasa por el firme compromiso de “implementar el cuidado mutuo y el cuidado de la naturaleza”.

Ante un futuro complejo y difícil, alimentar la esperanza. Un pueblo que vive en libertad es un pueblo con esperanza. Se trata de una esperanza activa, como dinamismo que mueve a los pueblos, no solo para solventar sus problemas históricos y actuales, sino para remontarse a la trascendencia, plenitud de la existencia de cada ser humano. Es una esperanza que alienta en la lucha, sostiene en la resistencia y cohesiona la unidad y la solidaridad entre los miembros de la comunidad y entre los pueblos que ocupan un mismo territorio, pero no para ahogarse en localismos o nacionalismos ideologizados, sino en apertura a la multiculturalidad y a la universalidad.

Para los seguidores de Jesús y su proyecto del reino, la esperanza se alimenta comunitariamente participando en “la celebración y la expresión pública de nuestra fe”. Esta experiencia no ha sido posible por la pandemia; sin embargo, dicen los obispos “nos ha ayudado a revalorar la necesidad de Dios que experimentamos en nuestro corazón y a darle su justo valor a la dimensión social de nuestra fe, ya que necesitamos reunirnos con los demás para celebrar los sacramentos y animarnos mutuamente”.

Situaciones como las que estamos viviendo en estos tiempos de crisis “purifican la fe y nos hacen centrar nuestra atención en lo inmediatamente esencial, el deseo eficaz de ejercer la caridad y de promover la justicia, desde la dimensión social del Evangelio”. La esperanza se nutre de la fe, entendida como confianza en Dios Padre que nunca abandona a sus hijos, por eso es alentador, durante este tiempo de crisis, haber experimentado “otro modo de vivir nuestra fe: en la celebración familiar de la Palabra de Dios, en una mayor dedicación personalizada a la formación religiosa de los niños, adolescentes y jóvenes, en una experiencia más profunda de encuentro con nosotros mismos y con Dios”.

En un país tan confrontado y dividido por las élites en la salvaguarda de sus intereses, como lo vivimos durante el conflicto armado interno o en el caso de genocidio por la masacre de ixiles donde Ríos Montt fue condenado, o más recientemente en la expulsión de la Cicig y la persecución a Thelma Aldana orquestada por el gobierno de Jimmy Morales y el Pacto de Corruptos, la esperanza nos orienta a buscar la unidad de los pueblos y sus cultura, a  “crear alianzas, a fortalecer vínculos, a dialogar con otros y fortalecer una espiritualidad de la esperanza”. 

Conclusión. Frente al bicentenario de la independencia política y económica de la corona española, la libertad para nuestros pueblos es un don y una tarea que se construye desde la memoria histórica para superar toda forma de desigualdad, discriminación e injusticia; en el cultivo de una nueva relación con la creación como el espacio territorial en el que están situados nuestros pueblos; para superar las consecuencias de las pandemias, especialmente la provocada por el virus de la injusticia social; y finalmente, poner las bases de la nueva Guatemala sobre los fundamentos de la solidaridad y de la esperanza.

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