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La Mirada

Obispos analizan el país y lanzan iniciativas pastorales.

7 Min de lectura

Víctor M. Ruano P.

Diócesis de Jutiapa

Jutiapa, 01 de octubre, 2020

Introducción. Un grupo de obispos guatemaltecos se han dirigido a sus comunidades eclesiales, mediante un mensaje publicado hace ya tres meses, pero que no ha perdido actualidad de cara a la emergencia del Covid 19 y otros virus que amenazan la vida de los guatemaltecos, sobre todo cuando hemos entrado en una nueva etapa, donde el gobierno pretende acabar con el coronavirus por decreto y no con acciones eficientes que debieron implementarse desde hace 6 meses.

El mensaje episcopal al que me refiero fue publicado el 30 de junio recién pasado, día de los mártires de Guatemala y del cuadragésimo segundo aniversario del asesinato del Pbro. Hermógenes López C. Se pronunciaron sobre la situación del país y lanzaron sus iniciativas pastorales para los próximos años, bajo la inspiración profética: “Miren que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 19).

Sus autores. Son los obispos de la región sur-nor-oriental del país, que desde hace una década lideran sus Iglesias particulares con la metodología pastoral denominada “Santas Misiones Populares para una Misión Permanente”. Ellos son: Bernabé Sagastume L., en Santa Rosa; Antonio Calderón C., en Jutiapa; Benedicto Moscoso M., en Jalapa-El Progreso; Ángel Recinos L., en Zacapa-Chiquimula; Rodolfo Valenzuela N., en Alta y Baja Verapaz; y Domingo Buezo L., en Izabal.

La situación del país. Su análisis del país es preocupante, no solo por la Covid-19 que está haciendo estragos en la vida de estos pueblos excluidos y maltratados injustamente, sino por los problemas estructurales de larga data, entre los cuales señalan tres: Primero, una sociedad desigual e injusta con niveles de pobreza que supera el 60%, golpeando duramente a la niñez, a la mujer indígena y a los campesinos. Segundo, una dinámica perversa de corrupción impulsada por la clase política y el sector público y privado, quienes se aliaron con el Pacto de Corruptos para expulsar a la CICIG y controlar al Ministerio Púbico, con el único fin de mantener el régimen de impunidad que les ha beneficiado largamente. Y tercero, hegemonía de la elite económica que, no solo domina e impone sus criterios al gobierno actual, sino que, con su ideología mercantilista neoliberal, se muestran insaciables, sin conciencia social y sin interés alguno por invertir en el desarrollo integral de la nación.

Estos tres factores incrementan el empobrecimiento en la periferia de las ciudades de la región; en los pueblos originarios, aunque pocos, pero muy significativos; y en las regiones campesinas, sobre todo las  del “Corredor Seco”, región empobrecida en su gente y en sus tierras golpeadas por el cambio climático y el abandono del Estado. También inciden en un sistema de salud frágil e inoperante, sin recursos y con escasa capacidad técnica, que la COVID-19 encontró en trapos de cucaracha, producto de la corrupción y la desidia de todos los gobernantes de los últimos 35 años; y finalmente, una economía devastada que apenas aporta para la sobrevivencia, provocando un flujo migratorio que desangró a la región.

A ello se suma un sistema de justicia cooptado por mafias que desde el Estado favorecen la impunidad, bajo el mando de abogados, jueces y magistrados que han traicionado su noble servicio a la ley, a la justicia y al Estado de Derecho. Los lideres comunitarios son criminalizados y muchos han sido asesinados, quedando esos hechos cubiertos por el manto de la impunidad, de igual modo aquellos producto de la delincuencia común o venganzas personales. Todo ello repercute en la creación de condiciones miserables para los trabajadores del campo y de la ciudad; favorece la marginación social y cultural de la mujer y de una juventud sin referentes inspiradores para sus vidas.

Finalmente, no olvidemos que la pandemia hizo surgir entre nosotros “también el miedo, el acaparamiento, la estigmatización social y otros males”, que abren espacios para el ejercicio del poder de modo autoritario que solo busca favorecer cacicazgos locales y contribuir a la permanencia de un país desigual e injusto. (CEG, 4, junio, 2020).

Su enfoque de la pandemia. Reconocen que han sido días tremendos los que se han vivido estos meses por causa de la pandemia. De repente en este año 2020, todo se oscureció, como lo dijo el Papa Francisco en aquella impresionante oración desde la plaza de San Pedro, vacía y bajo la lluvia, el 27 de marzo: “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpa en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.”

Ante la realidad de la pandemia, dicen los obispos guatemaltecos, por un lado, dada “la dimensión global que ésta tiene, nos hace tomar conciencia de que necesitamos una solidaridad universal nueva”, (Francisco, Laudato si 14); por el otro, nos está convocando a todos a ser “responsables unos de otros”. Solidaridad comunitaria y corresponsabilidad serán dos criterios calve. (CEG, Mensaje, 4 junio, 2020).

Una fe adulta y crítica juega un papel importante para descubrir en la realidad de hoy los “signos de los tiempos”, pues reconocemos, dicen los obispos, “que nada ocurre fuera de la Providencia divina y que incluso de lo que vivimos como un daño, Dios quiere traer un beneficio para nosotros”, puesto que él quiere que vivamos en una sociedad más humana, justa y fraterna; y en un planeta más agradable, sano, que sea la casa de todos.

Antes de la COVID-19, como sociedad y en nuestra relación con la creación, ciertamente andábamos mal. Es hora, entonces, de enderezar el rumbo construyendo una “normalidad diferente”. La Palabra de Dios nos enseña que “las catástrofes son ocasiones en las que Dios nos convoca para volver a Él y corregirnos”. “Es tentación perenne el pretender construir una sociedad al margen de Dios sin contar con Él; y la pandemia nos hace caer en la cuenta de que la vida humana es frágil e inconsistente”.

Optan por lo que llaman “un camino sinodal”. Se comprometen a caminar juntos como Iglesia en la región, porque así son más “fuertes en la tribulación”, disciernen mejor el rumbo a seguir lo que el Espíritu está diciendo a sus iglesias hoy y aquí, y pueden impulsar un movimiento de solidaridad que promueva vida digna y plena en estos pueblos tan golpeados por la extrema pobreza y la desigualdad, la injusticia y la exclusión social.

Sueñan con un proceso que sea verdaderamente sinodal, esto es, que vaya indicando “la específica forma de vivir y obrar de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora”. Este es un llamado “a la corresponsabilidad y a la participación de todo el Pueblo de Dios en la vida y la misión de la Iglesia”, que llena de esperanza y abre un horizonte prometedor para el presente y futuro de la sociedad en la región sur-nor-oriental de Guatemala.

Con la tarea misionera al estilo de Jesús que están emprendiendo los obispos, quieren  contribuir para que los pueblos se unan sin importar raza, posición social y religión; se organicen democráticamente integrando las fuerzas vivas de la sociedad; y resistan pacíficamente no solo contra el coronavirus sino contra los virus de la corrupción y la impunidad, del egoísmo y la indiferencia, de la miseria y la exclusión que son como un gran virus moral que está a la raíz de los muchos males que nos aquejan. La tragedia de la COVID-19 jamás debe apagar el espíritu crítico de los ciudadanos ni de los líderes sociales, tampoco el espíritu profético de la Iglesia ni de sus pastores, que deben estar del lado del pueblo al que acompañan.

Los obispos también hacen suyos los grandes sueños de la Exhortación Apostólica “Querida Amazonía” en lo social, cultural, ecológico y eclesial, para que en  la región sur-nor-oriental  “se luche por los derechos de los más pobres, de los pueblos originarios, de los últimos, donde su voz sea escuchada y su dignidad sea promovida; se preserve esa riqueza cultural presente en la región, donde brilla de modos tan diversos la belleza humana”. Sueñan con una región “que custodie celosamente la abrumadora hermosura natural que la engalana, la vida desbordante que llena sus ríos y sus selvas”. Sueñan “con comunidades cristianas capaces de entregarse y de encarnarse”, hasta el punto de regalar a la Iglesia nuevos rostros con rasgos sur-nor-orientales. (cfr. QA 7).

Sus iniciativas pastorales. Mientras se aproxima la “normalidad diferente” anuncian cuatro iniciativas pastorales que han comenzado a poner en marcha.

  1. Escuela de formación regional para un nuevo laicado y presbiterado misionero que tenga la capacidad de responder a los nuevos retos de la realidad de hoy con audacia y creatividad.
  2. Subsidios pastorales para las familias y las pequeñas comunidades, como protagonistas de la misión evangelizadora que les permitan responder a los nuevos desafíos de hoy con la alegría del Evangelio.
  3. “Dar Verdadero Sentido a la Vida, el mayor desafío del ser humano”, un texto del misionólogo Luis Mosconi, para el estudio y la formación personal de laicos y laicas llamados a dar “razón de su esperanza” en estos “tiempos recios”. 
  4. Finalmente, llevarán adelante un proyecto que denomina “Misión Popular al Estilo de Jesús”, que definen así: En el ‘hoy histórico’ de los pueblos de la región sur-nor-oriental de Guatemala; nosotros, discípulos misioneros de Jesús de Nazaret, profetas y testigos del Dios de la vida, caminando juntos en una Iglesia comunidad de comunidades en salida samaritana y al servicio del reino; queremos vivir la Misión Popular  al estilo de Jesús valorando todo lo positivo de la gente y promoviendo su dignidad, construyendo la paz y la ciudadanía, luchando con los pobres y por la madre tierra”.

Con estas iniciativas se proponen anunciar a Jesucristo y su evangelio del Reino para dar el verdadero sentido a la vida de la gente; construir una Iglesia de pequeñas comunidades que sean “células de estructuración eclesial y foco de fe y evangelización” (DA 178) y transformación liberadora; finalmente, desean participar en el cambio de esta sociedad injusta, excluyente, insolidaria sembrando la semilla del Reino de Dios.

Conclusión. El liderazgo de estos seis obispos se va haciendo sentir cada vez con más fuerza, no solo en sus comunidades eclesiales, sino en toda la región que refleja los rezagos estructurales de todo el país. Este mensaje lo muestra por el análisis crítico y esperanzador que hacen de la situación actual, y por el enfoque teológico pastoral que manejan; por el lenguaje actualizado y comprensible, con el que llaman a la transformación misionera de sus Iglesias particulares; y por el interés de participar junto a otras fuerzas vivas de la sociedad de la región que  demandan transformaciones audaces y profundas en lo político, económico y social, que garanticen “el buen vivir” de estos pueblos históricamente excluidos.




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